¿Qué se supone que quiso decir con ese mensaje esquivo? Que la cosa va, que la cosa no va, que está ganando tiempo, que es la reina de la histeria y el inconformismo. No quiero decir que uno deba conformarse, pero llegado cierto punto, la cosa se pone...como decirlo, patologica.
Hacía bien en reirse, qué iba a hacer si no. Ponerse mal y andar escribiendo en las paredes su nombre como lo había echo ya tantas veces. Perdía sentido hasta en sus aristas más romanticas y autocompasivas. Se levanta y tira el objeto inerte que había quedado colgado en su mano. Traspasa la ropa de cama que estaba tirada en el piso, patea la botella de vino vacia, que con un musical recorrido se desagota de lo poco de vino avinagrado que aún contenía, y lo desparrama sobre el piso de madera, prometiendole convertirse en mancha perenne. Sus pasos pesados resuenan No había nadie en la casa, por ahora, así que con un inusitado sentimiento de libertad, se tira en el techo de la terraza. 
Le cuesta mirar, no logra librarse de su mente así sin más, pero el cielo estaba tomando un color muy particular. Al menos todavía conservaba algo de su amor estético. No, no, algo estaba profundamente mal en el ritmo al que se estaba habituando. Qué clase de zanahoria corría, a dónde pensó que podía llegar. Un paneo general por los discursos de sus compañeros, de sus nuevos compañeros, le dejo un gusto a bilis intenso debajo de la lengua. Era un tunel negro, negrísimo, en el que se metía. Gran parte del tiempo uno evita las situaciones en las que la mente le juega trampas, y entonces así, vas tirando hasta la próxima parada. Lo cierto es que las trampas no son tales, sino más bien funcionan como defensas. Si algo en tu fuero interno no funciona, te das cuenta, el problema es si tenés tiempo para verlo.
-Pero hace mal no almorzar...
Pero qué pelotudéz, qué clase de consejo es ese! ¿Acaso no sé que no almorzar hace mal? ¿Acaso tengo pinta de pretender bajar de peso? Arruga el seño, entenebrece el talante, no responde y se va.
Siempre hay algo que no gusta, siempre hay algo que desagrada, y dentro de esos dos grupos suele estar lo que más te gusta. Es decir, el deseo quizás no sea más que opción difusa entre lo que podemos ver. En ese sentido, se vuelve todo demasiado relativo. A veces me cuesta entender qué hace que uno quiera algo. El capricho me suele sonar familiar, como una formula de expresión prefabricada que termina constituyendo la columna vertebral de nuestra rutina, de nuestras conversaciones, y a la larga, de nuestra esencia. Somos capricho sobre capricho, en donde todos jugamos al culo veo, culo quiero. La pregunta puede ser quien es el primero que ve el culo.
Culos, culos, todo se trata de culos en definitiva. La parte que se esconde suele ser la más deseada. Como el lado oscuro de la luna, pero de carne.
Siempre como un extranjero en donde estés, nunca te vas a sentir en casa, ni en tu propia casa. No es para minimizar el hecho de que si no se murió, tu familia se fue a vivir a otro lado, lejos tuyo. Y
estás, en definitiva, solo como la concha de la lora.
Suspira pensativo, y vuelve a ver el cielo del que no sacó los ojos de encima. La noche está cayendo, y el verano prematuro está haciendo estragos en su conciencia. Se levanta. Casi no siente las piernas, pero no podría decir si están entumecidas o son el hastío tan profundo que lo mantiene en suspensión. Piensa que todo lo que está escrito es tan estupidamente crudo, que no tiene ningún valor. Lo mismo valdría haberle dedicado la tarde a masturbarse sin descanso hasta sacarse ampoyas.
Mira el piso del pasillo al que da la terraza, unos quince, veinte metros de profundidad. Se encapricha con eso.
