Los ojitos le apretaban la cabeza. Era necesario el ir y venir entre las secuencias de su memoria, aunque no sea algo poseible, y la distracción lo llevó a un camino, a una ruta sin luces, a un auto que no lo ve. El tampoco lo ve, porque los ojos le vomitaban, y entonces, girar una y otra vez, una y otra vez en el aire, bailando como Julio Boca en el medio de ese asfalto nocturno. Ya los ojitos no le vomitaban más, pero como todo vomito, por algún lado tiene que salir, y se decidió por la forma más amateur del devolver. Hizo un enchastre en el piso de rojo para que lo viesen, para que llamasen a una ambulancia por él ¡Hasta dónde llega la necesidad de atención! Y él, chocho, tirado en el piso, revuelto gramajo de tripas y materia fecal.
Dicen que cuando se cagan ya no hay más nada que hacer.
Por otro lado.
Llamáalaambulancianoloviquéhacemos. Todo se junta como esos interminables y extensos vocablos germánicos.
Vamosyaestánovesqueyasecagódicenquecuandosecaganyanopodéshacermasnada.
Dalevamos.
Y del otro.
Por qué no me contesta, estoy desesperada. Y decirlo con labios carnosos, llenos de rouge, de escote abierto y tetas que se quieren escapar, ojos que chorrean maquillaje. Un primor de la desesperación, mártires perfectos de culos grandes y lagrimas gordas. No te preocupes linda, te podés quedar en casa esta noche hasta que él aparezca. Yo te hago el aguante.
Qué buen chabón que sos. Gracias.
¿Y el revuelto gramajo? Tá rico, eh.
jueves, 21 de octubre de 2010
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