Nahuel se despertó y estaba solo...
Ellos se habían conocido e involucrado demasiado rapido. Cierto, era extraño que los ciclos temporales se habían visto acelerados, que los colores cambiaban sospechosamente, que los había tomado por sorpresa a ambos. Aún así, con una naturalidad inusitada se dieron a relacionarse con mucha ternura prendiendo mechas y fuegos que pocas veces se prenden en la vida, quizás con buenas razones. Pero lo natural no quita lo irresponsable.
A pesar de lo fresco que era todo, él cumplió con todos los pasos protocolares: la presentó a su familia, la presentó entre sus amistades. Era muy callada, por eso es que ni los amigos ni los familiares no pudieron dar una opinión demasiado contundente ante su insistente: “¿Y, qué te pareció?”
Todo parecía un sueño. Su boca inflamada de deseo, sus ojos grandes y curiosos, sus caricias llenas de ternura y las noches enteras que desperdiciaban sambuyendose en esas aguas oscuras e inciertas.
Había pasado un mes, y durmieron juntos un domingo a la tarde, entrelazados como queriendo meterse el uno debajo de la piel del otro.
Abrió los ojos y se encontró a sí mismo abrazando el vacio. Tardó en reaccionar, quizás estuviese en el baño. Tampoco la vio vestirse, no la vio cerrar la puerta. Buscó desesperadamente señales de su existencia, pero no aparecía por ningún lado.La respiración agitada, y no estaba, no estaba no estaba.
Se sentó en el borde de la cama y lloró cruelmente.
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